martes, 13 de septiembre de 2011


El día llegó, y es que siempre quedan días por llegar... y algunos son tan inesperados que parecen sacados de otros ciclos y medidas de tiempo. Nadie lo esperaba, ni tu longevo recuerdo envejeciendo pacientemente en un rincón, ni el perfume de tu cuello colgando del vacío. Pero llegó, y lo hizo todo pedazos. Los enlutados días de duelo y de lazadas negras son humo que se disipa. Sucumbieron los motivos, las causas... todos ellos capitularon... las llaves de la ciudad fueron entregadas. Las ventanas se abrieron y la luz ya no era metálica. Tu último rastro se perdía en un diminuto silencio, insignificante, apocado e irreconocible. Era cosa increíble después de tanto tiempo custodiando tu eco, pero mucho anduve ya por calles, avenidas y callejones; muchos fueron los pasos que le dejé al suelo de esta ciudad vieja y venida a menos. Y mucho es lo que pude ver, imaginar, desear o repudiar; mas de lo que debiera, pero nada permanece de aquello, tan solo días secretos sin voz para nombrarlos y sin tiempo para contarlos. No sabemos nada acerca del futuro, excepto los turbulentos espejismos que dispone el pasado, pero ahora sabemos una cosa... una cosa muy importante...






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