martes, 6 de septiembre de 2011



Todas las mañanas del mundo son caminos sin retorno.

No te gustará cuando al fin lo encuentres. El suelo estará cubierto por los cuerpos sin vida de cientos de miles de hadas envenenadas a las que los días habrán inflado sus panzas con humo negro. Debes saberlo; cuando llegues allí la luz será siempre pálida, como el temblor de una llama a punto de extinguirse. Siempre tendrás sed, y una delgadez extrema convertirá tus pasos hacia el agua turbia y sucia en esfuerzos interminables, y cuando amargue en tu boca la escupirás... y si decides tragarla arrojarás la pobre cantidad de alimento que pudiste ingerir a lo largo del fatigoso día. No habrá sueños, ni malos ni tampoco buenos, lo de dentro estará fuera y lo de fuera habrá desaparecido. La tranquilidad flotará sobre el suelo permanentemente como una alfombra pesada llena de polvo, y no podrás moverla ni retirarla sin ahogarte en su inmundicia. Los días serán raquíticos y finos, se pegarán unos junto a otros hasta hacerse interminables, y por las noches el sudor lamerá tu piel sin descanso hasta hacerte desear arrancarla a jirones. Y así pasarán los meses, las estaciones y los años; es algo que debes saber.



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