Un día equivocado, irreversible como todos, pero además equivocado. Había señales por todos lados, señales que no fueron interpretadas, y al ignorarlas todo pasa por encima. Un día tan equivocado como follar con la persona equivocada durante una noche inacabable. Estar dentro de su cuerpo era al mismo tiempo estar fuera reconociendo como ajeno cada olor de su piel cada movimiento de su carne cada esfuerzo de su rostro cada rigidez de sus músculos. Al final el error queda prendido con un alfiler rematado en una calavera en cuyas cuencas vacías el paso del tiempo incrusta rubíes que se encienden al revelar su presencia. Lo que quedó, lo que queda, lo que permanece de un día equivocado.
Todo lo demás son destellos de posibilidades y prolongaciones anómalas del espacio y del tiempo; lo que permanece es el brillo rojizo en esos ojos vacíos, un brillo artificial clavado a la piel, una parte irrecuperable y perdida; un espacio muerto porque allí no queda nadie y nadie volverá nunca. Todo se quemó hasta las mismas raíces. Imposible ver nada bueno allí, ni poniendo todo el empeño.
Todo lo demás son destellos de posibilidades y prolongaciones anómalas del espacio y del tiempo; lo que permanece es el brillo rojizo en esos ojos vacíos, un brillo artificial clavado a la piel, una parte irrecuperable y perdida; un espacio muerto porque allí no queda nadie y nadie volverá nunca. Todo se quemó hasta las mismas raíces. Imposible ver nada bueno allí, ni poniendo todo el empeño.
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