miércoles 19 de octubre de 2011

Arritmia.


( Ella pasó con su característico andar ligero )

Antes de la nada existían todas las cosas. Y los días, con sus nubes y sus rasos.
Con sacos cargados de lluvia, con magnetismo ilustrado.
En las mañanas, a la luz del sol, cuando los rostros se perciben con pureza y los pasos pueden tomar cualquier dirección.
En los asientos del mediodía mueren los pájaros en la sombra de su vuelo.
Seguido del silencio en el cable telefónico de la voz eléctrica, sin vibración ni temblor.
Personas, pingüinos y elefantes.
Enredaderas, espirales, y líneas rectas... paredes enlucidas colgadas del techo.
El átomo, dividido.
Está mal si se llega, y está mal si no se empieza, y en la mitad... el páramo.
Líneas discontinuadas en paralelo a la interminable línea que recorre el conejo blanco.
Run Rabbit Run.
Run Rabbit Run.
Era demasiado, y estaba predestinado.
A la espera de que se cumpla el destino, como un milagro.
Entre las manos, el aire.
Siempre el aire.
Antes de nada, y después de todo, siempre se queda el aire.
Siempre se queda el aire.
En el silencio.
Respirando en la cama, al dormir, con los ojos cerrados, pero abiertos en otro tiempo y lugar, que es el mismo en realidad... pero que no existe, excepto en ese momento.
Con arritmia, a empujones... con distorsión, con brevedad, con múltiples giros y vueltas, con imprecisión.

Y antes de la nada existían todas las cosas.
Se decidió fulminarlas con una espada que ardía, devolverlas a eones posteriores, envejecidas y con cierta reminiscencia, con pliegues en el tiempo, con pequeños indicios de artificio teatral.
Para que sepas de donde venimos, con incerteza.
Para que sepas a donde no irás, con seguridad.
Para que sepas todo eso, todo lo que existe dejó de existir.





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