De manera que tenemos las tapas, las cubiertas mas o menos rígidas o duras que protegen las hojas interiores; las tapas llevan escrito el nombre de la obra y a quien pertenece, unas veces son de aspecto sobrio, y en otras dibujan bellas caligrafías.
Lo interior nunca puede ser visto desde fuera, ni los renglones torcidos, ni las ilustraciones, ni las faltas de ortografía, ni los fallos de impresión; del mismo modo tampoco las páginas marcadas o la hoja del árbol que quedó prensada en aquel capítulo hace ya algunos otoños, ni los párrafos subrayados, los tachados, quemados por la pasión o emborronados por la humedad del llanto.
En ocasiones, las tapas se abren y ojos que no son los nuestros recorren las hojas. Se quedan durante un tiempo leyendo, recorriendo los mapas con el dedo índice en la torpe cartografía del itinerario de la existencia y siguiendo las palabras hasta las fronteras de la piel. También a veces escriben en los márgenes en blanco que quedan arriba y abajo, dedicatorias afectuosas, palabras de amor, lamentos, y reproches. Los párrafos crecen con los días y las semanas, con los meses el capítulo se extiende entre trazos y garabatos, giros, puntos, pausas, acentos...
Pero acaba, y al pasar la página desaparece toda una región. Su parte en tu historia finaliza para empezar en otro libro un nuevo capítulo, puede que mejor... con nuevas rutas, con palabras hasta entonces nunca antes escuchadas, tintas de colores y bonitas ilustraciones protegidas bajo un fino papel de seda.
Los capítulos acaban, y después sigue una hoja en blanco de respeto.
Es lo establecido leer hacia adelante, aunque los hay que gustan de repasar lo vivido y vuelven sobre sus pasos a donde ya solamente queda la tinta seca. Todo libro consta de esas partes, mi libro y tu libro y el resto de libros... cambiando los ojos, las manos, los nombres y todas las caligrafías de los que los escriben.
Y los capítulos acaban para que otros nuevos los sucedan.
Lo interior nunca puede ser visto desde fuera, ni los renglones torcidos, ni las ilustraciones, ni las faltas de ortografía, ni los fallos de impresión; del mismo modo tampoco las páginas marcadas o la hoja del árbol que quedó prensada en aquel capítulo hace ya algunos otoños, ni los párrafos subrayados, los tachados, quemados por la pasión o emborronados por la humedad del llanto.
En ocasiones, las tapas se abren y ojos que no son los nuestros recorren las hojas. Se quedan durante un tiempo leyendo, recorriendo los mapas con el dedo índice en la torpe cartografía del itinerario de la existencia y siguiendo las palabras hasta las fronteras de la piel. También a veces escriben en los márgenes en blanco que quedan arriba y abajo, dedicatorias afectuosas, palabras de amor, lamentos, y reproches. Los párrafos crecen con los días y las semanas, con los meses el capítulo se extiende entre trazos y garabatos, giros, puntos, pausas, acentos...
Pero acaba, y al pasar la página desaparece toda una región. Su parte en tu historia finaliza para empezar en otro libro un nuevo capítulo, puede que mejor... con nuevas rutas, con palabras hasta entonces nunca antes escuchadas, tintas de colores y bonitas ilustraciones protegidas bajo un fino papel de seda.
Los capítulos acaban, y después sigue una hoja en blanco de respeto.
Es lo establecido leer hacia adelante, aunque los hay que gustan de repasar lo vivido y vuelven sobre sus pasos a donde ya solamente queda la tinta seca. Todo libro consta de esas partes, mi libro y tu libro y el resto de libros... cambiando los ojos, las manos, los nombres y todas las caligrafías de los que los escriben.
Y los capítulos acaban para que otros nuevos los sucedan.
Para que otros nuevos los sucedan...
ResponderSuprimir