Siempre quise volver,
pero el lugar ya no existía.
Por eso levanté un Museo
de paredes Blancas
con humo negro en sus esquinas.
Un lugar para colgar los paisajes,
los retratos
y algunos asientos,
donde poder observar
la magnífica invención de la Memoria.
Y después poder salir,
salir al aire,
dar las vueltas a la cerradura,
y guardar la llave para recordar
lo que separa este momento,
de todos los que ya no existen.
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